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La histórica salida de Neymar del Barça presenta al club catalán como perjudicado por el impacto que supone perder a una de sus estrellas, destinada a tomar el relevo de la más determinante de ellas y  con el apuro de buscar en unas condiciones muy concretas de mercado (cuando ya de por sí son complicadas para este tipo de equipos) para encontrar un jugador que no aportará lo mismo que el nuevo brasileño del PSG pero que debería traer nuevas vías para proyectar el juego ofensivo de los culés.


Sin Neymar el Barcelona pierde al jugador decisivo cuando Messi no ha estado (principalmente por lesión) en cuanto a liderar el ataque, sobretodo en transición, y a uno de los interpretes de los automatismos más reconocibles del equipo (conexiones con Messi y con Alba). Si Leo Messi ha llegado a lo que ha llegado ha sido por su talento y también porque los diversos entrenadores que ha tenido desde su llegada al primer equipo han creado ecosistemas que explotasen sus virtudes y generasen situaciones 'más cómodas' para que decidiera. Primero se marchó Dani Alves y, descaradamente el juego del cuadro azulgrana volcó hacia la izquierda. Ahora sin Neymar, Messi pierde a un nuevo socio, un jugador que alteraba positivamente su forma de jugar.
Y eso que durante la última temporada asistimos a la que Messi haya jugado más minutos en el flanco derecho desde su explosión como 'falso 9', más alejado de Neymar y buscando nuevas situaciones ya sin Alves y con un Rakitic en baja forma, fruto también del peso que ganaba Neymar a la hora de liderar el ataque, con un papel más definitorio con Messi en un rol más de 'lanzadera'.


Sin Neymar el nuevo entrenador, Ernesto Valverde, pierde parte del trabajo hecho en pretemporada, pero gana la oportunidad de apostar por otro dibujo que le sea más familiar (siendo 'Txingurri' un entrenador bastante flexible en cuanto a disposición sobre el campo) y no sufrir el condicionamiento de mantener un tridente en pos de ganar más recursos en dirección de campo en pleno partido.
Queda por ver qué perfil de jugador trae el club para ocupar el hueco de Neymar pero será complicado que sea uno que ate tanto. Apostar por un Messi segundo delantero con plena libertad en un 4-4-2 con mucho juego interior y laterales largos (existe más equilibrio en las dos bandas con la profundidad que pueda dar Semedo), trabajar un 4-2-3-1 donde el equipo ocupe mucho campo contrario para paliar la falta del desborde y profundidad que daba Neymar o esperar a ver si llega algún jugador (o darle muchos galones a Deulofeu) que mantenga ese 4-3-3.
Lo único que queda por ver es si el equipo, sin el principal protagonista en un fútbol vertical y de mucha transición, trata de seguir ese camino reforzado con las llegadas de Rakitic, Rafinha o André Gomes en los últimos mercados o si vuelve a un fútbol más asociativo.
Valverde, ciertamente, se queda con lo mejor de las transiciones y con la presión que requiere ese juego asociativo. 

El tiempo dirá si Neymar se ha precipitado saliendo del Barcelona en busca de nuevos retos que le sitúen en la posición número 1 del podio del fútbol mundial. La evolución de su rol dentro del equipo culé claramente le llevaba a ello y sólo las reinversiones que ha ido llevando a cabo Messi han retrasado ese cambio de status.
Sin Neymar, aún no sabemos si veremos a un Barça más débil en ataque o con más recursos, pero se crea un nuevo punto de interés a pocos días de iniciar oficialmente la temporada.


Theo, Vallejo, Llorente, Mayoral y Ceballos. Estas son ha día de hoy las incorporaciones que entre nuevas contrataciones y vueltas tras cesión, presenta el Real Madrid. Con mucho mercado estival por delante y habiendo sorteado la sanción de la FIFA a la hora de llevar a cabo nuevos fichajes, es imposible no dedicar una líneas a la forma en la que el Real Madrid, bajo el mandato de Florentino Pérez, está componiendo la plantilla de su primer equipo durante las últimas temporadas. Una mezcolanza de jugadores de 'La Fábrica' que ha pasado un tiempo fuera para ganar los minutos que el primer equipo no le podía ofrecer cuando el B se les quedaba pequeño y jóvenes con una proyección más que interesante a quienes ofrece la posibilidad de probarse en exigencias mayores.

Sería complejo poner un punto de partida al cambio en la planificación de fichajes que ha llevado el Real Madrid, también difícil en cuanto al desconocimiento que tiene el gran público de quienes forman el departamento de dirección deportiva que sigue y propone nombres a incorporar, pero principalmente porque es complicado que no llegue un 'primera espada' dentro del mercado del Real Madrid cada verano. Quizás por no haber sido un giro tan pronunciado, por su aplicación progresiva, haya funcionado casi igual de bien que en la primera etapa de Florentino donde cada verano uno o dos jugadores de primerísima línea arribaban al Bernabéu.



Por marcar un punto de partida, quizás el verano de 2013 se comenzó a ejecutar el nuevo plan. Ese verano el club nos entretuvo gran parte del verano a la hora de contratar a Gareth Bale, fichaje récord de la entidad, y quizás por eso ensombreció llegadas importantes al primer equipo: Isco dio el paso de liderar a un primoroso Málaga a pelear por un puesto en el gigante blanco, Illarramendi tenía la misma intención pero no tuvo la misma suerte y desde el Castilla subieron Morata, Carvajal, Nacho y Jesé. Casemiro, sin hacer mucho ruido, también llegó ese verano.

Un año más tarde, tras el Mundial de Brasil y la victoria en Lisboa en la final de la Champions, el Madrid parece retomar el viejo libreto: contrata al mejor portero del torneo, Keylor Navas, y a una de las sensaciones de la cita mundialista, James, sin que existiera una necesidad extrema en cubrir ese puesto. Antes ya había atado a Toni Kroos. Apuntala la plantilla con la cesión de 'Chicharito' Hernández y con otra apuesta que no acabó saliendo bien: Lucas Silva.



El verano de 2015 parece el de Danilo. El lateral brasileño llegaba después de buenas actuaciones en el Oporto pero no llegó a ser ni la sombra del jugador por el que se pagaron 25 millones de euros de manera regular. Pero también ese verano se cierran las incorporaciones de Vallejo y Asensio, sin espacio en el primer equipo y la vuelta de dos canteranos como Casilla y Lucas Vázquez, perfectas para equilibrar el cupo de jugadores formados en el club que reclama cada temporada la UEFA a la hora de inscribir jugadores en la Champions. 
Caso a parte merece Kovacic. El centrocampista fue una petición de Rafa Benítez y se ha mostrado con un jugador con puntos por pulir, pero fantástico como hombre dentro de las rotaciones que ha llevado a cabo Zidane desde que se hizo con el mando del primer equipo.
Y bueno, queda el paso testimonial de Martin Odegaard, último niño maravilla al que logró convencer el Madrid pero que no obtuvo rendimiento por parte del noruego de vuelta.

En la temporada que cerramos no hace mucho sólo hubo incorporación de relumbrón, la vuelta de Álvaro Morata ejerciendo una cuantiosa cláusula de recompra con el colchón del buen mercado del delantero en el caso de no encontrar acomodo en la delantera coto de caza privado de la 'BBC'. Su rendimiento, no sólo ayudó al equipo a la conquista del doblete, sino que durante fases de la temporada se pensó en él como primera referencia del ataque blanco entre lesiones y bajos rendimientos de sus competidores por el puesto.
Cabe destacar que también ese verano llegó como miembro de pleno derecho en el primer equipo de Marcos Asensio tras una temporada en el Espanyol. El mallorquín completó un año notable con picos de forma altísimos al inicio y al fin de la campaña, pero también pasó semanas sin ir convocado, sin sitio, observando batallas por un puesto en las que poco tenía que decir y demostrando humildad, paciencia y confianza en su trabajo.



Pero no sólo se trata de la capacidad para incorporar jugadores que mejoren al equipo con su rendimiento, también es necesario saber vender a los futbolistas que no entran en la dinámica del equipo. Y en eso el Real Madrid también ha conseguido destacar positivamente.
En el mismo periodo, sólo citando las grandes ventas, sacó 47 y 39 millones por Özil e Higuaín respectivamente en el verano de 2013, vendió a Di María (75), Morata (20), Alonso (9) y Sahin (7) en 2014; a Illarramendi por 15 en 2015 (quizás la peor operación en el último lustro); Jesé salió hace un año por 25 millones de euros y hace unos días, de nuevo Morata por una cifra superior a los 60 millones (depende de la fuente que consultes llega hasta los 80). Casi 300 millones de euros las ventas de jugadores del B o los ingresos por cesiones. Un modelo de ventas que permite abarcar operaciones como la de Gareth Bale o la más reciente de Vinicius Júnior, algo más de 40 millones de euros por un jugador menor de edad llamado a liderar el fútbol mundial en unos años. Sin hueco en el Real Madrid de hoy en día, pero por el que quién sabe lo que podría llegar a haberse pagado en dos o tres temporadas.

El modelo, obviamente, es imposible de exportar a un equipo que no cuente con la infraestructura económica, la proyección comercial y el estimulo deportivo que tiene el Real Madrid y por ello es tan importante trabajarlo y desarrollarlo, después de unas temporadas de altos dispendios pero que no parecían seguir un patrón claro. Ahora, con el refuerzo de los títulos, la planificación, con la que puedes estar más o menos de acuerdo, se asienta en la casa blanca.

El Borussia de Dortmund ha sido uno de los equipos a seguir durante los últimos años. Desde su peligro de desaparición a principios de Siglo hasta la disputa de la final de Champions en 2013 ha protagonizado un crecimiento regular basado en la aparición de grandes talentos y la captación de otros tantos unidos a una personalidad muy definida en su forma de jugar que alcanzó su máxima expresión bajo la dirección de Jurgen Klopp y que trató de buscar continuidad con Tuchel.

Las rápidas transiciones tras la recuperación de la pelota junto al acierto con sus delanteros referencia (Barrios, Lewandowski, Aubameyang) demostraron que el sistema acababa sacando lo mejor de los jugadores que debían marcar la diferencia.



Quizás por ser un equipo tan reconocible, la llegada de Peter Bosz al banquillo del BVB nos presenta una serie de estimulantes dudas acerca de la dirección que puede tomar el equipo en las próximas temporadas.
El preparador holandés cogió el testigo de Frank De Boer en el histórico Ajax y en una temporada no sólo mantuvo el sello con el que asociamos al equipo de Amsterdam sino que lo llevó a su máxima expresión logrando pelear por títulos nacionales e internacionales y dando paso a jugadores de tan corta experiencia como interesante proyección, como en otras épocas más gloriosas vimos hacer a los ajaccied.
A lo largo de la temporada nos hemos hartado de ver datos y medias sobre lo joven de sus onces iniciales y no le ha ido nada mal ni a él ni a los jóvenes que ha colocado en las agendas de los equipos más poderosos del Viejo Continente.

Ahora bien ¿qué plan tendrá para su nueva aventura en Alemania? Si, como parece, intenta implantar sus automatismos a la hora de construir la jugada y de darle prioridad al ataque posicional, cuenta en el equipo de la Cuenca del Ruhr con buenos peloteros como para que el cambio no sea tan dramático: Wiegl, Götze, Reus y en un escalón de participación algo menor Sahin, Rode o Dahoud tienen condiciones para procesar el cambio de la forma más natural posible y cuenta con Bartra como primer central a la hora de llevar a cabo el cambio de estilo desde la zaga.
Si hay buenos mimbres ¿qué otro detalle debemos tener presente a la hora de conocer al BVB de Bosz? Seguramente la forma en la que ejecutará la presión.

El BVB de los últimos años ha sido un equipo reactivo, de presión alta o muy alta para que la velocidad física y de ejecución de sus jugadores decidiera con la mínima cantidad de rivales entre ellos y la portería. Ahora la presión será diferente. Bosz quiere la pelota desde el momento en el que la pierde, no espera a que el rival la tenga en una zona o situación concreta y por ello la forma de presionar del BVB será diferente y, para mí, el principal cambio más allá de la construcción de las jugadas o la duración y uso de las posesiones.



La temporada en Europa ha vivido hoy su rúbrica con la celebración de la final de la Champions League entre la Juve y el Real Madrid en Cardiff. El balance de lo visto a lo largo del curso justifica con creces el que hayan sido estos dos equipos los que se hayan jugado el título esta noche, siendo los más regulares y los equipos de los que con más facilidad podemos encontrar sus señas, sus virtudes en el juego y en donde el juego grupal ha estado al mismo nivel que el de sus estrellas.

La final, lejos de ajustarse a lo que muchos esperábamos en cuanto al marcador, algo ajustado, decidido por detalles mínimos nos ha regalado a un histórico Madrid al lograr su segundo título consecutivo (nunca bajo este formato y habiendo de viajar casi treinta años para encontrar al último bicampeón -AC Milan-) firmando una segunda parte prácticamente perfecta.

Pero el partido tuvo más cosas y en esta entrada vamos a tratar de ordenar los puntos más relevante para explicar el porqué de este amplio resultado.

Presión alta de la Juve: El equipo de Allegri tuvo sus opciones en el primer tiempo. Planteó un partido yendo a buscar al Madrid muy arriba y recuperó balones en zonas peligrosas. Además tuvo la precisión de construir en pocos toques cuando el Madrid quiso presionarles en la salida. Es cierto que todo ese trabajo le costó traducirlo en ocasiones claras. Algún disparo lejano, el parabólico tiro de Mandzukic para el momentáneo empate y llegadas que no llegaron a acabar en disparos sobre la portería de un Navas sobre el que podrán dudarle el gol encajado, pero que tuvo una actuación muy segura.

Laterales del Madrid: Si el Real Madrid ha sido reconocible durante el año ha sido por el desequilibrio que generaba con las subidas de sus laterales. Un recurso que va más allá del doblar a los falsos hombres de banda y que, en casos como el de Marcelo, hay partidos en los que es el hombre sobre el que se inician los ataques. Durante el primer tiempo la Juve planteó el partido de tal forma en la que Carvajal y Marcelo tuvieron demasiada faena en defensa como para ocupar campo contrario en ataque estático. Cierto que el 1-0 vino de un pase de Carvajal al corazón del área, pero siendo en una jugada de contraataque donde los centrales bianconeri se preocuparon más de los rematadores que de los llegadores o, mejor acotado, de los que se descolgaron de la trayectoria lógica de la jugada.
En la segunda parte Zidane consiguió activar a sus laterales y Marcelo tuvo un gran protagonismo en los ataques madridistas, algunos, incluso, como finalizador.



Madrid decisivo en las dos áreas: No fue un partido de excesivas ocasiones. Primero por encontrarnos ante dos defensas tremendamente resolutivas, después por ser dos equipos que no se escondieron a la hora de querer someter a través de la pelota en las fases críticas del partido. Pero el Real Madrid, como parte de su ADN, ha sido altamente efectivo en las acciones más relevantes tanto dentro de su área, más allá del gol, y sobretodo en las que se produjeron en el área rival. Cristiano Ronaldo golpeó primero y apareció para sentenciar. Buffon llegaba a esta final como un portero veterano pero muy en forma, decisivo en el camino juventino hacia la final, pero hoy no pudo ser determinante: no cometió errores en los goles, pero los ataques del Madrid fueron lo suficientemente rápidos y precisos como para que no dieran cuello.

Recurso del disparo lejano: Con el empate a uno con el que arrancó el segundo tiempo, uno de los escenarios posibles era ver al Madrid amasando balón ante la basculación italiana que tan buen resultado les ha dado en el torneo, pero el Madrid empezó a probar desde media distancia. Primero fue Modric, después Isco y quizá el menos esperado, Casemiro con un disparo rebotado, abrió el camino de la victoria. El Madrid, Zidane, sabían que era un recurso nada despreciable y que contaban con tiradores de calidad contrastada. 
Esto sembró una duda en la Juve entre la de no defender tan cerca de su portería pero no dejar espacios para llegadas y ahí se desmontó el entramado defensivo de Allegri hasta el punto de tornarse un equipo irreconocible.

Disparos del Real Madrid durante el partido


Poca mejoría tras cambios: Si hay un hecho que explica el éxito del Madrid en esta temporada ha sido lo completo de su plantilla. Zidane ha tenido la oportunidad de hacer cambios, tanto en onces iniciales como durante los partidos en los que no sólo no empeoraba el rendimiento del equipo si no que ofrecía interesantes alternativas en cuanto a lo que refería el partido. 
Hoy la Juventus fue todo lo contrario: cada cambio alejaba más la posibilidad de equilibrar el marcador y bajaba efectividad al plan para llevar el partido a un escenario que pudiera devolverle el mando del encuentro. Para más inri, uno de sus cambios, Cuadrado, dejó al equipo con un jugador menos con una segunda tarjeta evitable.
Muchos grandes campeones han tenido a 13 ó 14 jugadores de alta participación en los éxitos, pero la Juve no tenía alternativas reales a mejorar lo que saltó de inicio en Cardiff y eso, fue el último clavo en el ataúd de la Vechia Signora.

Una gran final para cerrar el curso en Europa que ha dejado partidos muy completos, actuaciones individuales inolvidables y unos finalistas de tal vez virtudes muy distantes pero que nos recuerdan que no hay un único camino hacia el éxito.
La aparición de Víctor Camarasa en el primer equipo del Levante se vio como la incorporación de un futbolista a coste cero que podía, por sus características, dar continuidad y evolucionar al perfil Vicente Iborra que tan importante había sido para la mejor etapa del equipo granota en su historia con la estancia más prolongada en la élite e incluso con una participación en competición europea.
La confianza que le fueron dando los diferente entrenadores que tuvo en sus primeras temporadas en Primera no había sido correspondida con un rendimiento regular: podía completar partidos donde su aportación repercutía directamente en la performance del equipo e inmediatamente perder peso específico en la sala de máquinas de un equipo destinado a sufrir y a ser reactivo.

El descenso del Levante suponía un punto de inflexión en su carrera, se veía con mimbres para continuar en Primera jugando con regularidad pero no sería con un equipo con más aspiraciones que las que le había ofrecido el Levante (algo que sí habían conseguido durante los últimos años jugadores que habían abandonado la disciplina azulgrana). El enroque del melianero puso al club en una situación delicada de gestionar que desembocó en su salida rumbo a Vitoria.



Y ha sido bajo la dirección de Pellegrino donde hemos encontrado unas pistas de a qué puede llegar Camarasa en Primera. Como si fuera otro punto en donde ligarlo con Iborra, ha sido el ubicarlo en una posición más avanza sobre la pizarra, en la teoría, donde el 8 del Alavés se está mostrando como un centrocampista con llegada, con visión para un último pase pero sobre todo con una interesante lectura de lo que necesita su equipo durante los partidos.
Escribíamos la ubicación más avanzada sobre el papel, donde ciertamente su posición de partida se sitúa por detrás del delantero (Deyverson, con el que se entiende a la perfección) donde rebaña todos los balones sueltos y encuentra espacios, compañeros y no tantos rivales en una posición encarada, pero siguiendo con algo más de detalle su rendimiento en los partidos, sobre todo en casa, podemos detectar cómo cae más a banda derecha si Gaizka Toquero inicia desde esa zona pero acaba jugando mucho más arriba.
Un movimiento que trata de dar equilibrio, ya que en la izquierda Theo (otro del que se debe hablar mucho) y que crea un espacio que abre mucho el campo para Marcos Llorente.

Precisamente con el cedido por el Real Madrid, que también está cuajando una gran temporada con El Glorioso, ha enseñado otro mecanismo en busca de aportar soluciones al equipo. Ante rivales que les han querido apretar durante la salida o que han ocupado mucho campo durante el repliegue del Alavés, Camarasa acude rápido para ayudar en la salida ofreciéndose como una opción más de pase fácil para los centrales. Un movimiento que oxigena y que aporta variedad a la manera en la que el Alavés de Pellegrino comienza a armar sus ataques, teniendo en cuenta que ha sido un equipo que normalmente ha tenido poca posesión en gran parte de sus partidos, es un un buen detalle el ver cómo los jugadores tienen ciertos automatismos para darle mucho valor a sus posesiones.

En las fases, largas, en las que su equipo no tiene el balón. esta nueva situación sobre el campo, algo más alejado de la zona crítica por delante de los centrales, puede llevar a cabo una presión a la circulación del rival ejecutando movimientos de anticipación con menos riesgo y más valiosos para el equipo si consigue recuperar el balón. Con las espaldas cubiertas, las 'lagunas' de concentración o el poco margen de error en comparación con su etapa como interior o mediocentro, le generan más confianza en ese tipo de acciones.

Con su futuro pintando lejos de volver al Levante para jugar, su buen año en el Alavés provocado por este cambio en su situación sobre el campo, presenta a Camarasa como un talento joven a seguir, con mucho por pulir todavía, pero con una demostrada capacidad para asimilar cambios importantes en referencia a lo que debe aportar al equipo.
¿Se animará algún equipo de objetivos más ambiciosos a apostar por él?
No era la mejor oportunidad para el Friburgo de cara a obtener la clasificación para la próxima edición de la Europa League visitar el Allianz Arena. A pesar de que el Bayern ya había cumplido con sus deberes en el torneo local, no era ocasión para despistarse o relajar su tensión competitiva si querían rendir un merecido homenaje a dos de sus jugadores que iban a disputar sus últimos minutos con el campeón: Philipp Lahm y Xabi Alonso, perfiles de leyendas muy diferentes pero de idéntico calado entre los hinchas del Bayern.

Para los locales, el trámite de cerrar el encuentro con victoria se cumplió sin problemas. Como si el partido fuera la excusa, el nudo que enlazara el homenaje inicial (también participó Starke, siempre a la sombra pero siempre efectivo) en el que se rendían honores a los dos protagonistas del día y la posterior celebración de un nuevo título liguero.



Lahm siempre desprendió sensación de tipo inteligente, sobre el campo, adaptándose a diferentes posiciones, destacando en los últimos coletazos del fútbol físico en Alemania y siendo uno de los protagonistas en el camino del gran cambio que ha vivido el fútbol germano desde el subcampeonato de 2002 hasta el título de 2014. Ese fue el último de los más de cien encuentros que disputó con la Mannschaft. Eligió irse, no dejar de ser llamado y lo pudo hacer como campeón del mundo, lo máximo dentro de la profesión, como si el fútbol, tantas veces cruel, le hubiera querido premiar de tal forma.
Por el camino de 15 años en los que ha participado en el fútbol de élite ha acumulado un buen puñado de títulos con el Bayern (además de formar parte del último buen Stuttgart) y permanecido siempre como bastión de uno de los mejores equipos del mundo en diferentes etapas, con diferentes entrenadores y peleando siempre hasta el final, temporada tras temporada, por los títulos. 

En un un costado, en el otro y en aquel periodo como centrocampista, Lahm demostró no ser sólo un rápido lateral con una técnica correcta, sino también un jugador de una tremenda lectura táctica que facilitó la asimilación del juego del equipo a los nuevos y marcó el ritmo de sus compañeros a través de su entendimiento de su altura posicional y su interpretación de las subidas que debía hacer como lateral o los espacios a ocupar como interior.
Un líder, más tarde capitán, hecho desde la regularidad, el trabajo y la inteligencia. 



Cualidades a los que no le va a la zaga Xabi Alonso. El tolosarra llegó a Munich sin necesidad de demostrar nada, habiendo sido campeón de todo y con unas cualidades muy marcadas en su juego siendo uno de los mediocentros más completos de su generación: iniciaba como un '4', defendía como un '5' y atacaba como un '6'.
Al igual de Lahm, también vivió con un papel importante el paso de una etapa indefinida de su selección hacia una 100% reconocible aunque no tuvo la suerte de cerrar esa etapa desde un episodio exitoso.
Su carrera es la propia de un futbolista con inquietudes por mejorar su juego a todos los niveles. Se hizo grande en casa y disputó los mejores torneos con los mejores equipos. Todo aderezado de haber sido dirigido y 'mejorado' por algunos de los técnicos más reputados del momento. Le probaron en varias posiciones dentro de 'la sala de máquinas' y en todas ellas supo imponer su sello al servicio del equipo.

En sólo tres temporadas en el Bayern ha demostrado que era muy cierto aquello de que salía del Madrid para seguir compitiendo al máximo nivel y a pesar de no haber llegado al hito de una tercera Champions con un tercer equipo diferente, su rendimiento y estilo sobre el campo le hicieron ganar rápidamente un hueco en la lista de leyendas del club bávaro.

Ayer se puso fin a dos carreras que durante mucho tiempo se desarrollaron a miles de kilómetros de distancia y que sólo en los últimos años convergieron en un equipo que no pudo alcanzar el éxito en forma de títulos europeos, quedando muy cerca de ello. Pero ese periodo nos permitió descubrir cuantas semejanzas pueden existir entre dos jugadores de posiciones y cualidades principales tan diferentes pero que sí poseían una de las más importantes, hacer mejor a sus compañeros mediante su juego con y sin balón.



Este blog nació, entre otras cosas, tras la entrega del Balón de Oro en 2007 a Fabio Cannavaro. El bravo defensa italiano rompía la hegemonía de delanteros y centrocampistas de corte ofensivo (con alguna que otra excepción) añadiendo un interesante debate por aquel entonces sobre el peso específico en el juego de jugadores, así a groso modo, destinados a frenar y 'destruir' más que a marcar un ritmo o generar juego de donde otros no lo ven.
Unos meses más tarde fue Kaká, tras una brillante, quizás la última, temporada en Milán quien recuperó el patrón habitual en cuanto al perfil del galardonado. Cristiano Ronaldo y Leo Messi le siguieron como balones de plata y bronce respectivamente. Algo podíamos intuir.

Y después llegó uno de los fenómenos de rivalidad más grande, si no el que más, que hemos podido vivir en la historia del fútbol: Leo Messi y Cristiano Ronaldo. Ambos han regalado un duelo en donde goles, aportación determinante en los éxitos de sus equipos y títulos han copado los últimos 9 Balones de Oro. Tal ha sido el dominio de estos dos jugadores que las críticas hacia el sistema de elección y el focalizar un premio individual hacia un nuevo Barça - Real Madrid ha sobrecargado al aficionado y ha restado perspectiva al impacto de esta confrontación entre dos jugadores de leyenda.

Pero ¿alguien se ha parado a pensar en los enormes jugadores que quedaron tapados por Cristiano Ronaldo y Leo Messi? Quizás el romanticismo de este galardón resida y reconocer un año natural fantástico y que, por el motivo que fuera, no tuviera mucha más continuidad. El listado de ganadores está lleno de jugadores que incluso no fueron capaces de dar un rendimiento decisivo más allá de unos pocos meses, pero desde la llegada de Leo y Cristiano, ya ni tan siquiera han tenido la opción de  desmentir o no su nivel. Repasemos quienes se quedaron con el bronce durante los nueve años siguientes:

2008 Fernando Torres (Liverpool FC)

La temporada 2007-2008 fue la del arribo de Torres a Liverpool y, como vulgarmente se dice, 'cayó de pie' en el equipo. Bajo la dirección de Rafa Benítez rápidamente comenzó a amortizar el coste de su fichaje a base de goles (24 en Premier), varios títulos de jugador del mes durante el curso y finalista como Jugador del Año y Joven del Año en la Premier.
Siguiendo con esa inercia brilló en la Eurocopa de 2008 donde consiguió el tanto en la final que llevó a España a ganar el título.

Siguió jugando en Liverpool a un alto nivel hasta 2011, cuando fue fichado por el Chelsea y comenzó una etapa mucho menos efectiva y con lesiones dispares que llegó incluso a cuestionar sus llamadas a la selección. Una cesión al Milan (2014) y su vuelta al Atlético de Madrid (2015), donde parece que colgará las botas, fueron sus pasos siguientes, mejorando su rendimiento en este último, pero lejos de sus mejores días.

2009 Xavi Hernández, 2010 Andrés Iniesta y Xavi Hernández, 2011 Xavi Hernández, 2012 Andrés Iniesta (FC Barcelona)

La Eurocopa de 2008 supuso la explosión definitiva de Xavi Hernández, típico producto de La Masía. Quizás algo tardía pero definitiva para explicar los éxitos de su equipo y su selección en las temporadas siguientes. Uno de los capitanes del equipo que lo ganó todo con un fútbol de ensueño en 2009, perdió peso en los galardones individuales de todo tipo entre lo coral de su equipo y, como no, a la sombra de Leo Messi.

Continuó en el Barcelona hasta 2015 coleccionando más títulos nacionales e internacionales despidiéndose del equipo con un triplete antes de llegar al fútbol qatarí para jugar sus últimos partidos al mismo tiempo que colabora con el fútbol formativo del país.

Andrés Iniesta fue el socio inseparable de Xavi en el Barcelona y en la selección y los escuderos ideales para Leo Messi, paradójicamente a mejor juego de este trío, menos reconocimiento en forma de premios recibían los dos centrocampistas.
Sus primeros meses de 2010 fueron algo irregulares por las lesiones pero la recta final de la temporada y su gran Mundial de 2010 rubricado con el gol en la final que dio el título a España le puso muy cerca de llevarse el Balón de Oro aquel año del mismo modo que en 2012 cuando fue el líder futbolístico de España en la Eurocopa de 2012 donde el equipo de Vicente Del Bosque rayó a gran altura, sobre todo en la final donde machacó a Italia por 4-0. Aquel año la UEFA sí que le concedió el título al jugador del año.

Todavía continua en el Barça donde siguió ganando títulos a todos los niveles pero donde también sus lesiones musculares han sido más frecuentes.

2013 Franck Ribery (FC Bayern)

El primer atacante que cuestionó, algo de lejos, la determinación de Cristiano Ronaldo y Messi. Rápido, técnico, goleador y con una gran visión de juego (23 asistencias aquella temporada) fue el canalizador del juego de ataque bávaro el año en el que lograron el triplete con Jupp Heynckes. Tal era su impacto en el juego que llegó a recibir el premio al jugador del año de la UEFA por delante de los dos jugadores franquicia de Barça y Madrid, también jugador del año en Alemania y varios galardones individuales de menor prestigio que venían a señalar que sí, Ribery fue el mejor jugador de aquel año... entre los humanos.

Después llegó Guardiola al Bayern y cuando todos pensábamos en que él podía ser 'su' falso 9, comenzó un camino de lesiones menores pero que le mantenían mucho tiempo apartado de la competición. La llegada de Lewandowski desplazó a Müller, después llegó Douglas Costa, algún minuto para Götze... junto a unos cambios de sistema en donde el francés no tenía el mismo rendimiento de Balón de Oro que en aquel 2013 sobre todo en el apartado goleador.

Sigue en el Bayern como uno de sus jugadores más carismáticos y líderes del vestuario en un rol, desde luego, más secundario que el de hace un par de temporadas.

2014 Manuel Neuer (FC Bayern)

Quizás el miembro del podio más estimulante de todos ¡un portero!. Así de importante ha sido su aportación al puesto, dándole el paso definitivo para marcar las líneas maestras de lo que debe de ser un portero moderno, completo en las facetas clásicas del puesto y, además, siendo el primer jugador en iniciar el juego de ataque. Aquel año no sólo explotó estas características de la mano de Guardiola, sino que la vio reforzadas en la selección de Löw que se llevó el Mundial en 2014 con un fútbol dinámico y ofensivo en donde el meta era el primer y último eslabón de ese engranaje clásico alemán pero con un juego terriblemente móvil. No en vano, aquel año fue futbolista del año en Alemania y Guante de Oro en el Mundial.

Lleva varios años entre los tres mejores porteros del mundo, aunque será difícil que vuelva a estar en el podio del Balón de Oro si no consigue un año exitoso con su club y con Alemania una vez visto todo su potencial. Pero el mero hecho de llegar a esa altura del Balón de Oro ya puede considerarse un hito más en su carrera.

2015 Neymar (FC Barcelona)

Está destinado por su edad y por el escenario en donde se desenvuelve a tomar el relevo de Messi y Cristiano Ronaldo en este apartado. Técnicamente insuperable y con una concepción ofensiva del fútbol que siempre genera cosas. Hubo dudas sobre cómo encajaría en el ataque del Barça tan supeditado a crear espacios para Messi pero es su mejor socio.
Aquel 2015 ganó cinco de seis títulos en donde su participación en la eliminarais de la Champions fue clave marcando en todos los partidos, tanto de ida como de vuelta, desde cuartos hasta la misma final. De hecho nadie marcó más goles que el en aquella edición de la Champions al igual que en la Copa del Rey

Fue bronce en el Balón de Oro pero sí fue distinguido como mejor jugador sudamericano en la Liga e incluido en varios XI del año de aquel curso.
Continua jugando en el Barcelona.

2016 Antoine Griezmann (Atlético de Madrid)

Líder y estilete de un rocoso Atlético de Madrid que fue finalista de la Champions y de una selección francesa que quedó a las puerta de llevarse la Eurocopa en casa en donde fue mejor jugador y máximo goleador del torneo.
Rápido, listo y con un amplio abanico de recursos para el remate, seguramente el quedarse a las puertas de levantar títulos le restó a la hora de competir con Cristiano Ronaldo (que ganó lo más relevante en 2016 pero si la participación que tuvo Griezmann) y con Leo Messi a pesar de tener la comparativa de disputar el mismo torneo regular, el mismo tipo de fútbol.

Hay quienes aseguran que este 2017 será su último año en el Atletico de Madrid y que pondrá rumbo a la Premier.
Una década es tiempo suficiente para corroborar si un hecho es un espejismo fugaz en medio del desierto o, por el contrario, se trata de una dinámica consolidada. En el caso del Sevilla FC, no parece que lo vivido en los últimos años sea fruto de casualidades sino de la consecución de medidas acertadas que se han visto recompensadas de la mejor forma que cabe esperar. Más allá de los triunfos, de la regeneración permanente del equipo, del saneamiento y de los títulos conseguidos, lo realmente valioso de este club es haberse convertido en una de las entidades de referencia del panorama europeo. No se trata de Copas, sino de haber asentado un estilo de trabajo que implica que ningún jugador es imprescindible. Todos son reemplazables. Piezas de las que no importa qué calidad tengan, su valor, edad o trayectoria, porque quienes ocupen su lugar harán olvidar fácilmente a aquellos que se fueron.

Hace más de diez años comenzó a forjarse la leyenda de un equipo destinado a ir en contra de la lógica que dicta el fútbol. No voy a hablar de los títulos que ya todos conocemos ni de sus proezas, prefiero centrarme en su década a través de sus entrenadores. Pocos clubes han experimentado tal diversidad de sentimientos enfrentados en tan poco tiempo. Un puzzle de sensaciones que van desde la euforia al hundimiento, haciendo realidad lo imposible, siendo protagonista de gestas históricas, de caídas y resurgimientos, todo ello intercalado con momentos de deriva. Filias y fobias sazonadas con lapsos de hermanamiento, de unidad a través de un himno universal o de afligimiento tras la pérdida de su icónico baluarte.



La primera semilla la sembró Joaquín Caparrós. Sentó las bases del equipo que debía ser, más que tácticamente, psicológicamente. Preparó el terreno para construir un imperio en el que Juande Ramos sería quien levantase los primeros trofeos. Era el Sevilla del centenario, compacto, de los puñales por bandas, de la casta, el coraje y de las grandes noches de Europa. Era el pequeño que se cuela en el patio de los grandes y les chulea. Sin miedos y creyendo en lo imposible cuando más utópico parece. Es la zurda de Puerta, del cabezazo de Palop y sus paradas milagrosas, de creer por encima de todo y de hacerse grandes cuando estaban destinados a ser invisibles.
Tocaron techo, qué más se le podía pedir al Sevilla. No conformarse. No querían ser una estrella aislada en un firmamento donde hay constelaciones que arrebatan el protagonismo a golpe de talonario. Querían construir su propia galaxia. Pero les costó encontrar el camino. Tras los primeros éxitos de Juande se vivieron unos meses de incertidumbre. Ganan la Supercopa de España aunque caen ante el Milan en Europa y el técnico pone rumbo a Tottenham de una manera poco ortodoxa que nada gusta en Nervión. Esos desaires no son nada comparados con el vacío y el quebranto tras el fallecimiento de Antonio Puerta. La personificación del sentimiento sevillista dejó huérfana a la afición pero su legado sería eterno y se convertiría en el sustento en el que apoyarse cuando les ha tocado levantarse. 

Rotos por el dolor estaban obligados a rehacerse. Había que reaccionar y la mejor decisión fue dar continuidad al trabajo realizado hasta entonces pensando en hombres de la casa. Es el bloque conservador. Tres años de Manolo Jiménez en los que podía verse reflejado como el Unai Emery del Valencia. Cuestionado, sin valorar sus logros y con análisis continuos a su rendimiento. No importaban las terceras plazas, clasificarse para Europa, entrar en Champions o las herramientas que tuviera. Se le exigía más. El Sevilla necesitaba hacerse aún más grande y él parecía un lastre. Su destitución se produjo tras empatar contra el Xerez, habiendo clasificado al equipo para la final de Copa del Rey y ostentando la quinta plaza liguera en dicho momento. Sería su sucesor, Antonio Álvarez quien sumaría un nuevo título copero a final de temporada. La credencial idónea para ganarse la confianza efímera que se esfumó al ser eliminados en la previa de la Champions.

Tras un periodo de incertidumbre y de intentar dar continuidad al trabajo iniciado por Caparrós y Juande, la directiva decide cambiar el perfil de los entrenadores. Arranca el bloque más inestable, en el que los proyectos parecen no tener consistencia. El equipo nunca llega a encontrar su mejor versión como consecuencia de la lucha interna entre mantener los pilares fundamentales sobre los que se fraguaron los éxitos o romper con el pasado para seguir puliendo su perfil. Sentar en el banquillo a Gregorio Manzano, Marcelino García Toral y Michel González, la triple M, sugiere que las ideas estaban confusas. Cada uno con su filosofía, cambiando al equipo y con una principal laguna. El trabajo de la secretaría técnica no se veía reflejado sobre el césped. Tras años en los que las bandas, la velocidad y el empuje eran la seña de identidad, llegaba el turno de pensar en el centro del campo: Zokora, Romaric, Cigarini, Guarente, Kondogbia, Trochowski, Javi Hervás o José Campaña, entre otros, pero nunca llegó un auténtico líder capaz de comandar la medular ni hacer de nexo de unión. Salvo cuando entró en escena la dupla Rakitic-Medel. 

Y llegó Unai Emery para devolver la estabilidad al equipo. Entrenador admirado y odiado a partes iguales e, incluso, al mismo tiempo. Su contratación suscitó cierto recelo y siempre se tuvo en perspectiva su trayectoria en el Valencia, donde nunca fue suficiente lo que hizo para valorarle. Llegó a mitad de temporada (2012/13) y no obtuvo los puntos necesarios para clasificar al equipo para las competiciones europeas. Sin embargo, la fortuna sonrió a los sevillistas que consiguieron el billete para la Europa League gracias a los problemas administrativos de clubes mejor posicionado. A partir de ahí volvieron a reinar en su competición fetiche. Tres títulos consecutivos silenciaban cualquier atisbo de duda sobre el rendimiento del equipo aunque durante la temporada siempre existía cierto runrún que no aprobaba determinadas decisiones del técnico, alineaciones o planteamientos. Cada curso sabía cómo reinventarse ante un plantel que en verano se reformaba por completo a través de la política de fichajes de la secretaría técnica. Supo exprimir cada incorporación hasta conseguir su mejor versión, incluso la que ni el propio jugador sabía que existía. Generalmente, tras un periodo de tanteo y adaptación a sus nuevas herramientas, Emery sacaba a relucir su cuaderno de entrenador. Entonces se atrevía a usar a Rakitic o Iborra como segundo punta, adelantar o retrasar la posición de Aleix Vidal en función de las exigencias del guión, proporcionar a Banega el rol de líder diferencial, permitir a M'Bia libertad para sentirse goleador decisivo o concederle a Reyes una segunda y tercera juventud. No titubeaba cuando debía tomar decisiones audaces en partidos determinantes y la jugada le salía bien mientras la suerte les sonreía, demostrando que el Sevilla no juega finales, las gana. 
Unai Emery se fue por la puerta grande. Devolvió la calma a un equipo que había entrado en la espiral de cambiar de entrador con frecuencia y sin paciencia para que los proyectos personales cuajasen. Consiguió lo que parecía impensable, tres Europa League consecutivas, y dejó el listón alto para su sucesor en el último bloque, el que pone fin a una década de prestigio. 


Aún es pronto para saber si servirá para prolongar la dinámica asentada o iniciar un nuevo periodo con metas más ambiciosas. Casualmente, Emery es contratado por el Paris Saint-Germain para ganar la Champions. La mirada del Sevilla apunta a la misma competición pero con un técnico inexperto en Europa. Sampaoli es avalado por la Copa América que Chile gana a Argentina pero ante todo por su pasión, compromiso, amor al fútbol y trabajo concienzudo. Cambio de estilo, de piezas y de objetivos pero con la misma esencia ganadora que va tatuada en el ADN sevillista. De momento, ha pasado la prueba de fuego en la fase de grupos de la Champions y ha logrado incomodar a Real Madrid y FC Barcelona en la lucha por el título liguero. El amateurismo funciona como filosofía sevillista y en unos meses podremos saber si con el resultado más deseado: un nuevo título. 

Texto escrito por Montse García (analista de fútbol internacional, autora de 'James Rodríguez, el Vals de Colombia'). Colaboró en el blog entre 2010 y 2011
Lo menos frecuente en este mundo es vivir. La mayoría de la gente existe, eso es todo. (Oscar Wilde)

Claudio Ranieri (Roma, 1951) fue siempre más estoico que hedonista. Quizá fuese el ad astra per aspera que inspiró buena parte de los logros del Imperio Romano el que marcó su planteamiento como director técnico. Quizá fuese iniciarse en esto de entrenar ganando la Serie C1 con el Cagliari y la Serie B con la Fiore. Quizá fuese su condición de técnico en ocasiones apagafuegos. Quizá lo limitado de sus plantillas, siempre confeccionadas con pinzas y retales. Quizá el estrés continuado de depender del estado de ánimo de directivas de personalidad tan límite como las de Valencia, Atlético de Madrid, Chelsea o Inter. Quizá ser el elegido para comandar proyectos tan fallidos como el de una Juve o un Monaco que necesitaban volver a primera división tras oscuros episodios de descenso. Quizá un currículum tan parco en títulos como sólido en el tiempo. Sí, seguramente fuera toda esa mezcolanza de avatares del destino la que haya forjado la personalidad del último entrenador del año según la FIFA. El colofón fílmico a la última historia épica del deporte mundial.

Sabiendo sufrir se sufre menos. (Anatole France)

Decía Gaizka Mendieta en una entrevista recién retirado que prácticamente no disfrutó del fútbol como juego hasta casi el fin de su carrera, ya regalando sus últimos coletazos de rubio genial en el Riverside Stadium de Middlesbrough. Buena parte de su sufrimiento llevaba la firma de Claudio, un entrenador que hizo explotar a uno de los mejores centrocampistas españoles de la historia… haciéndolo jugar de lateral izquierdo. Así, partiendo de esa posición de carrilero en una línea de cinco defensas, el vasco metió el mejor gol de su carrera y logró su único gran título como futbolista, la Copa del Rey de 1999. Por cierto, el último trofeo que Ranieri poseía hasta hace unos meses. Mendieta nunca estuvo tan a gusto sufriendo como aquella temporada, fuera de su sitio natural. Y, curiosamente, nunca tuvo tanto brillo como en mitad de aquel lodo.

Es un gran error creerse más de lo que uno es, o menos de lo que uno vale. (Goethe)

La cuestión es que, por cuestiones inmateriales y difícilmente plasmables en papel, Claudio Ranieri es el Leicester y el Leicester es Claudio Ranieri. Miren sus respectivas hojas de servicio. Sufrimientos, caídas, actos de levantamiento sin heroicidades. Pragmatismo estajanovista. Poco brillo y mucho sacrificio. Hostias en la boca, sangre en los dientes y pocos buenos dentistas a la vista. El valor que uno se da a si mismo. En un momento histórico sin conciencia de clase, el trabajador puede seguir en los dos polos opuestos de la ilusión más líquida, bien pensando lo que haría si fuera su jefe, bien pensando lo que la masa de trabajadores debería hacer para que el mundo fuese una utopía socialista. En ambos casos, la confusión está servida y por ello el avance es imposible. La única opción es saberse mercenario y valorar la propia capacidad de trabajo. Ranieri siempre prometió lo que podía llegar a dar en cada club en el que fue contratado. Nunca fue un personaje mediático, más allá de su simpatía conjugada con ocasional causticidad, como cuando recibió con un “Buenas, tiburones: bienvenidos al funeral” a los periodistas en la rueda de prensa previa a la eliminación del Chelsea en la Champions de 2004. Incluso ahí sabía lo que iba a pasar. No engañó a nadie.

El trabajo en equipo es esencial; te permite echarle la culpa a otro. (Anónimo)


En 2014, Riyad Mahrez parecía un futbolista condenado a repetir la historia que tantos otros han versado. Futbolista de origen humilde, con capacidades que podría no explotar nunca de manera regular. Uno de esos que una vez deslumbra y diez te saca de quicio. Jamie Vardy no dejaba de ser uno de esos chavs ilustrativos de la obra de Owen Jones. Kasper Schmeichel era otro de esos hijo-de-leyenda teñidos de gris. Robert Huth podría haber sido un central de primer nivel pero nunca encontró acomodo en Stamford Bridge. Con ellos, el Leicester había estado nada menos que trece jornadas seguidas sin ganar un partido en la temporada 2014/2015. Un equipo que no era equipo. Un cuerpo sin alma. Un grupo condenado a sufrir por sus carencias. Seguramente, por las mismas que un año después serían virtud.

Plantearse los menos problemas posibles es la única manera de resolverlos. (Jean Cocteau)

Ranieri desembarcó en el King Power Stadium después de que Nigel Pearson salvase al equipo del descenso sumando siete victorias y un empate en los últimos diez partidos del curso anterior. Nadie sumó más en tan poco tiempo aquel año. Un incidente sexual con componente racista y su grabación en vídeo –ese signo de enfermedad mental generalizada que caracteriza estos tiempos- por parte del hijo de Pearson, jugador de la plantilla, desembocaron en el desenlace esperado. Nadie entendió la contratación de Ranieri, ni tan siquiera Gary Lineker. El mismo que tuvo que presentar el primer programa deportivo de la nueva temporada en calzones tras perder la apuesta sobre la victoria del Leicester en Premier. La cuestión es que Ranieri desembarcó en el equipo y retocó bastante poco. Como había hecho tantas otras veces a lo largo de su carrera, se dedicó a hacer un trabajo de construcción a partir de los materiales preexistentes, acercándose más a lo ingenieril que a lo arquitectónico. Reducir errores. Construir un edificio feo pero sólido. Cuando compramos una casa, no nos importa la fachada sino las vistas. Y Claudio entendió que la calma era una bonita perspectiva. Y diseñó un equipo para no sufrir en la clasificación. Para ello decidió sufrir en el campo solucionando problemas antes de tenerlos en frente. Pidió a una roca del Caen, un jugador parecido al Makélélé que había entrenado en Stamford Bridge. Pagó 8 millones de euros por un desconocido. Y esa mole solucionó muchos problemas de raíz. Se llamaba N’Golo Kanté. Por detrás de él, obreros. Por delante, un campo abierto para destrozar al rival con la pólvora que había y que tuvo que secar antes de usar.

Por lo menos una vez al año todo el mundo es un genio. (Lichtenberg)

Cuando el Leicester acabó segundo la primera vuelta de la Premier, empatado a puntos con el Arsenal y sin haber bajado del octavo puesto en diecinueve jornadas, muchos pensaron que acabaría desinflándose. Sorprendía que un equipo con poca profundidad efectiva de banquillo, y cuyo fichaje más caro había sido un mediocentro defensivo, aguantase tanto. Pero lo hacía. La opinión pública recelaba del aguante de un equipo capaz de meter cuatro goles en Anfield, que tenía a un Jamie Vardy en vena y que era el equipo que mayor cantidad de duelos individuales ganaba en la porfía del balón. Era una cuestión de bricolaje táctico, algo inminentemente caduco, decían. Pero Ranieri se sobrepuso a su apodo en las Islas (The Tinkerman, algo así como “el Remiendos”). Destrozó al City en su propia casa y su delantero estrella, un exdelincuente juvenil fichado a precio de saldo, hilaba once partidos seguidos marcando. Mientras tanto, el desconocido mediocentro de los ocho millones de euros era ya un titán de ébano y su interior izquierdo, el francés que se empeñaba en jugar con Argelia, era el mejor lanzador de contraataques de toda la Premier. Y sí, muchos en Europa nos empezábamos a emocionar ante la evidencia de estar viviendo algo único.

Los deleites duran mucho menos que su recuerdo (Gerald Barry)



Fue John Carlin quien definió al Leicester como un cometa. Algo que pasa muy de vez en cuando, que deja una estela en el firmamento que se puede trazar durante cierto tiempo pero que, lamentablemente, acaba desapareciendo en el vacío para volver al cabo de una eternidad. Cada generación ve acaso uno de ellos, y a mí personalmente el Halley me cogió con cuatro años, y por supuesto ni lo vi ni me acordaría. Tengo claro que Carlin tenía razón. Imagino que Ranieri también lo tiene claro, seguramente por eso y no por otra cosa estaba viendo a su madre en Italia mientras los foxes consagraban la gesta en uno de esos absurdos fallos de programación (¿cómo demonios gana el Leicester la Premier viendo la jornada por la tele?). Conociendo al personaje, imagino que no quiso alterar su rutina mientras él se la alteraba al planeta fútbol, fijando un hito de difícil comparación en el deporte profesional. Creando eternidad, por seguir con los símiles astronómicos, como un agujero blanco, esa maravillosa hipótesis de ciencia-ficción que regala materia en un milisegundo.

Yo no me encuentro a mí mismo cuando más me busco. Me encuentro por sorpresa cuando menos lo espero. (Montaigne)

No creo que Ranieri se retire con más títulos mayores. No me imagino a su Leicester, de hecho, clasificado para Champions League muchas más veces hasta su próximo descenso a la Championship. Quizá la segunda competición europea los acoja próximamente. Quizás alguna Carling, quizás alguna FA Cup. Creo que ese pensamiento lo tiene mucha gente en el mundo del fútbol. Ranieri incluido. No es un pensamiento, sino más bien una certeza. Aunque también lo eran otras cosas, como que la Tierra era plana o que el Leicester iba a bajar en 2015. Las certezas de hoy son la soberbia de mañana. Eso se descubre con el tiempo, se lo encuentra uno al abrir la nevera de los recuerdos y te golpea con ese olor hiriente de la comida pasada. Del mismo modo, frente al espejo del tiempo, Claudio Ranieri se encontró a si mismo casi al final de su carrera. Vio heridas, una cara marcada, unas manos secas, unos ojos cansados. Y, reflejada en ellos, como un detalle escondido en una foto que solo es corriente en apariencia, el prístino brillo del trofeo de liga más épico, inesperado y alentador que se recuerda en el fútbol moderno. El mismo que nos recuerda que, en ocasiones, lo sublime y lo heroico se dan de la mano para escupir en la cara a lo esperable y gris. Ranieri se encontró frente al mundo, al fin.

Texto ideado y ejecutado por JM Martín (escritor, músico, docente y futbolero). Colaboró en el blog entre 2009 y 2010
Sin lugar a dudas el hecho de haber llevado el blog y coincidir con la mejor etapa de la selección española será uno de los mejores recuerdos que el staff de Uno o Dos Toques guardará por siempre.
Un ciclo que juntó todo lo que entendemos  que tiene que formar parte de un equipo legendario: un estilo de juego definido y atractivo para el espectador, jugadores determinantes en todas sus líneas, una evolución táctica amplia y una dirección de campo más gestión de grupo más que notable.


Luis Aragonés nos dio alguna pista durante el Mundial de 2006, sentó unas líneas maestras y tomó decisiones importantes para hacer historia en 2008. Incluso podríamos decir que tomó las decisiones más difíciles donde su personalidad y su experiencia le ayudaron a soportar las críticas ante sus elecciones más discutidas. Con esas directrices un perfil como el de Vicente Del Bosque, con la perspectiva que nos da el tiempo, se convirtió en un acierto a la hora de dar continuidad a la generación que juntó Luis en el juego y gestión la convivencia de un grupo que vivió la otra cara del éxito, la de la exigencia extrema en cada partido. También tuvo 'sus incendios' y ahí brilló su  mano izquierda.

Pero como en tantas otras ocasiones, estos equipos legendarios nacen a partir de aparición dentro del mismo periodo, de jugadores con un nivel de determinación en su rol altísimo, como escribía al principio. Iker Casillas, sin ser el portero más completo en su mejor momento, sí se mostró como el mejor en los campos en los decidía los partidos: reflejos, agilidad, 1vs1... dejó paradas decisivas en partidos claves.
Por delante de él todavía disfrutamos de Sergio Ramos, que inició el camino desde un lateral y pasó al centro de la defensa primero haciendo pareja con el pundonor y el gran sentido competitivo de Puyol y después con la lectura del juego de central como primer constructor de juego de Piqué

De ahí se llegó a 'los bajitos': Xavi como guía, marcador de ritmos, Iniesta como su socio y los Silva, Cesc, Mata, Cazorla... jugadores de un mismo corte que se entendieron a la perfección y que contaron con Senna, Busquets y Alonso como futbolistas de muy bien pie, pero con una misión menos vistosa pero igualmente importante para dar equilibrio al 'posesión + progresión' como se bautizó el juego español en la Euro de 2008.
Y de ahí se llega a, quizás, la gran seña de este sensacional equipo: un ataque en donde la figura de un 9 clásico o, cuanto menos referencial, era un plan B o incluso C. Villa como estilete que mejor supo entender el juego de la selección siempre escorado al flanco izquierdo y Fernado Torres un 9 que, en su mejor momento, disfrutaba atacando espacios y dibujando desmarques. Y después la variante del falso 9.

Del Bosque se encontró con la tesitura de pasar tramos de competición, tanto en fase final como, menos,en clasificaciones, sin disponer a un delantero en forma ya hecho al juego tan concreto de España y tuvo que tirar de crear un espacio en la zona de ataque, generar una superioridad de efectivos en el medio y que entre un centrocampista que se descolgara y las diagonales de hombres de banda, atacar mucho y normalmente bien. Una puesta en escena arriesgada ante equipos que encontraron una forma de tapar esos espacios puesto que mermaba mucho la efectividad en esos partidos.



No querría dejar pasar la oportunidad de mentar a jugadores con tramos muy cortos o menos brillantes dentro del equipo como Marchena (que no pareció el mismo central en la Eurocopa de 2008) Capdevila y Arbeloa. Jugadores que quizás 'chirriaban' dentro del juego coral del equipo pero que alcanzaron un nivel equiparable al de sus compañeros y que dejaron huecos complicados de rellenar tras sus salidas del equipo.

Desde 2007 España comenzó un camino hacia alcanzar cotas inimaginables que ha tenido un parón tras el Mundial de Brasil y la pasada Eurocopa, porque sembró una semilla que germinó rápidamente hasta el punto de no tardar en encontrar a jóvenes talentos que pelean por dar continuidad al corte de futbolistas que han protagonizado este trayecto dorado y que desde Uno o Dos Toques esperamos poder tener la oportunidad de seguir escribiendo.