Ser la revelación. Padecer a la revelación. Estos dos antagónicos estados retratan el tránsito de la Selección Española por el último año del panorama futbolístico internacional. Se buscarán culpables desde unos sectores, se animará al colectivo desde otros. Y es que lo bidimensional que caracteriza a la sociedad española parece trascender al fútbol una vez más. La fácil asimilación de una dulce victoria como la lograda ahora hace un año en Austria suele conllevar, dada la falta de costumbre, una dificultad digestiva para las derrotas que, sí o sí, acaban llegando. De la euforia a la depresión, más que un paso, media la lógica.
Y la España de Del Bosque ha dado un giro más visible en (un) resultado que en otros aspectos. Y hay determinados que son bastante sintomáticos. No se puede pasar por alto, si bien no resulta algo esencial, que la presión que antes iba dirigida a Luis Aragonés ahora recae en una selección ganadora, en un punto de autoexigencia alto y con un Seleccionador tan ponderado que no actúa como el excelente pararrayos de Hortaleza. Aunque el factor psicológico, al fin y al cabo, es relativo en un equipo con jugadores de clubs tan expuestos a la crítica como Liverpool, Barça o Madrid.
El sistema se ha tornado más rígido. Eso es incuestionable: con Luis, el sistema era flexible hasta la inexistencia. Insisto, Luis se encontró con unos jugadores de toque que tenían que jugar a su manera para garantizar un buen resultado. Del Bosque, alguien con un criterio más inmovilista en el dibujo que Luis, ha tratado de adaptar el dibujo del Madrid de la novena Copa de Europa: una linea de cuatro defensas con un lateral largo, un medio del campo con dos organizadores, un extremo y un mediapunta que deja la banda del carrilero largo medianamente libre y dos puntas, con un nueve cayendo a bandas. Un dibujo lo definió a partir de la baja de Iniesta, pero ya lo ensayó en partidos como el amistoso frente a Inglaterra. Tener a Iniesta fuera del equipo ha hecho un daño enorme a la Selección, que ha notado su ausencia sobretodo en una cosa: una falta de imaginación importante. Ha habido más verticalidad que toque (diferencia principal entre la Selección de Del Bosque y la de Luis), ha habido remate, pero ha faltado la imaginación que Iniesta retrató en el partido de Bélgica.
La receta del éxito es tan bidimensional, bajo mi punto de vista, como el problema que tiene la afición: no es todo blanco o negro. La solución es la paciencia, que empieza por la consideración del equipo. A Ramos, principal saco de boxeo depositario de los golpes de la afición, hay que dejar de ponderarlo como central y empezar a valorar su aportación. Es un jugador que te ofrece guerra (su papel ofensivo en todo el partido frente a EEUU me pareció encomiable) y que, pese a sus fallos en defensa, es el primero en buscar soluciones al contragolpe. Del Bosque, por ejemplo, no supo sacar a Llorente a tiempo en las semifinales, o se le critica por haber retirado a Cesc en su mejor momento. Pero el riojano no hubiera aportado más que remate, y el problema estaba en otra parte del campo, donde Cesc se tiró regateándose a sí mismo hasta cinco minutos antes de su sustitución.
Dirigir a una selección es tan complicado como poner de acuerdo a toda una nación. Esperemos que tener paciencia con una selección ahora descargada de responsabilidades frutos de records, que otorgarle la confianza y el crédito que se merece, sea más fácil
JM Martín
José Manuel Martín, músico, filólogo, docente, analísta y un gran amigo, me ha pedido un favor: compartir con todos vosotros sus impresiones sobre la participación de España en la Copa Confederaciones.