Toco y me voy: El Gran Capitán

por | 23:16:00
Hoy no voy a hablar del fútbol argentino, pero sí del sudamericano. Hoy tengo un espacio reservado para una de las historias más grandes que he podido conocer y no me gustaría que se me pasara escribirla aquí para compartirla con vosotros.
Os hablo de la historia del capitán más grande que ha tenido nunca un equipo de fútbol, del “Negro Jefe”, de Obdulio Varela.

Varela al igual que tantos jugadores de su época (nació en 1917) creció, vivió y murió (1996) en un ambiente austero que rozaba la pobreza. Pero su riqueza de espíritu fue la que le ha permitido entrar de lleno en la historia del fútbol.
Debutó en 1936 con el C.D. Juventud y tras un paso por el Wanderers (entre el 37 y el 43) fue fichado por Peñarol donde dejó sus mejores años y sus las mejores muestras de su personalidad.

Jugaba en el rol de clásico 5 sudamericano, entre la línea defensiva y los jugadores más creativos, y su misión era más psicológica que futbolistíca. No destacaba técnicamente, pero su inteligencia táctica y sobre todo, su capacidad de leer los partidos, le hicieron uno de los jugadores más valiosos con los que ha contado Uruguay en su historia.
Además pese a no tener una formación académica extensa, la vida le había enseñado quizás unos valores que jamás hubiera aprendido en la escuela. Una ética, una honestidad y un compromiso con los suyos que no dudaba en hacer patente en medio de la lucha de gladiadores en las que en tantas ocasiones se convertían los partidos.

Cuentan que jugando en Wanderers trataron de “comprarle” dándole una gran cantidad de dinero porque su rendimiento “disminuyera” en el próximo partido que iba a disputar. Varela cogió el dinero (dineral) y se lo dejó a modo de mano inocente, al tabernero del bar donde se produjó tan feo encuentro.
Acto seguido, fue a hablar con el presidente del club a contarle lo sucedido y le indicó que para evitar suspicacias no jugaría el partido. No podría soportar que le saliera un mal partido y su reputación fuera destruida por las malas lenguas. El máximo dirigente del club uruguayo conocía y confiaba en “El Negro Jefe” así que le dijo que no se preocupara y que iba a jugar el partido.
Wanderers ganó por 1-0 y Obdulio tuvo una buena actuación, así que cuando acabo el partido, se dirigió a ver de nuevo al presidente, le pidió dinero... para el billete del tranvía.

Otra gran anécdota que nos dejó ya como jugador manya, fue en un Clásico ante Nacional. Este tipo de partidos, como ya os comenté en otra ocasión, son terriblemente duros y disputados. Fruto de esta desmedida rivalidad, un jugador bolso entro de manera brutal a un compañero de Varela y se armó un gran corro en torno al ábitro pidiendo la expulsión del infractor. Hasta que apareció la figura de Varela. Todos se apartaron para que el capitán hablara con el juez:

"Señor juez: si alguno de mis futbolistas llega a dar una patada como la que aquel señor acaba de dar, le pido encarecidamente que me lo expulse porque en mi equipo un jugador que golpea así no merece seguir en la cancha."

También como jugador aurinegro, dio otra muestra de su compañerismo. Tras una importantísima victoria de Peñarol ante River Plate, la directiva decidió primar a los jugadores con 250 pesos y a Oddulio Varela con 500 pesos por ser el capitán y jugador más destacado en ese partido. Todos los jugadores estaban encantados con ese dinero extra... salvo uno, salvo Obdulio Varela:

“Yo no jugué más ni menos que nadie. Si ustedes creen que merecí 500 pesos, le dan a todos 500 pesos. Si ellos merecieron 250 pesos, yo también."

Tras estas palabras hubo modificación en el reparto de las primas... todos los jugadores recibieron 500 pesos.

Pero si hubo un equipo con el que “El Negro Jefe” se hizo mítico en un campo de fútbol, ese fue con la selección charrúa, donde su nombre puede encarnar los valores más potenciables de este combinado.

Jugó dos Mundiales (y vaya dos) con la celeste. En el primero, fue el precusor del “Maracanazo”, la llave que arrancó el motor de Uruguay... y que más tarde haría llorar a un país entero.

Brasil llegaba al partido final (por aquel entonces el Mundial era un torneo de liga) en el que le bastaba un empate para campeonar y Uruguay debía ganar para ser campeona.
El marco es conocido por todos, una canarinha (que aún vestía de blanco) que se había presentado a aquel partido con una trayectoria intachable y unos uruguayos que también habían firmado un gran torneo, si bien no contaban con la prensa del equipo local.

En el vestuario, minutos antes de saltar al campo, dirigentes de la Federación Uruguaya se personaron para felicitar a los jugadores, y a quitarles cualquier tipo de tensión puesto que perder ante un equipo como el que presentaba Brasil no era nada descabellado... solo pidiero no perder por más de cuatro goles...
Esta petición encendio el corazón de Varela... y no dejó termirar el “discurso” de los emisarios federativos:

"¿perder?... ¡Nosotros vamos a ganar este partido! "
De camino al campo, siguió arengando a sus compañeros:
"muchachos, si los respetamos a los brasileños, nos caminan por arriba… ¡vamos a salir a ganar el partido!
¡¡lLOS DE AFUERA SON DE PALO!!"
"muchachos, si los respetamos a los brasileños, nos caminan por arriba… ¡vamos a salir a ganar el partido! "

Ya pisando el césped vio la fiesta que estaba preparada para los campeones, doscientos mil brasileros poblando las gradas animando. Un ambiente de celebración en el que Uruguay, Varela y sus compañeros tenían asignados el rol de invitados, de corderos camino del matadero. El capitán lo sabía y no se dejó amedrentar:

"Salgan tranquilos, no miren para arriba. Nunca miren a la tribuna… EL PARTIDO SE JUEGA ABAJO"

La primera parte transcurrió como toda final, mucha tensión y miedo a los errores, el partido llegó al descanso con empate a cero y los miembros de la Federación Uruguaya respiraban aliviados hasta que en el minuto seis de la reanudación, Friaça rompió el empate marcando el primer gol. Estalló la caldera y todo parecía seguir el plan, hasta que Varela entró en acción.
Se acercó a su portería y cogió el balón. Caminó durante tres minutos con la pelota bajo el brazo de un modo pausado, mientras el público tornó su alegría en gritos en contra del 5 hasta que se calló. Cuando ya estaba en el centro del campo, sin soltar el balón, se dirigió al árbitro y comenzó a protestar porque pensaba que el gol era había sido marcado aprovechando un fuera de juego.
Él sabía que no había sido así, pero también sabía que cuanto más tardara en reanudarse el partido, más se enfríaria el ambiente en la grada y el ánimo en los brasileños. Al ver al estadio y al rival envueltos en un ambiente enrarecido, los jugadores de Uruguay empezaron a jugar al fútbol como sabían.

Al verse desbordados, el propio Friaça empezó a endurecer el juego y realizó varias entradas innecesarias que el árbitró, encorsetado por el ambiente, no se atrevía a cobrar, así que Varela entró de nuevo en acción, dándole al brasileño “un buen viaje”.
Con el goleador en el suelo, se acercó y le dijo:

“... ¿Vio?, Vocé empezó, ahora aguántesela si es macho...”
Fue el principio del fin para Brasil, y el final de la historia ya lo conocéis: remontada charrúa y lágrimas en las gradas.

Pero aquí no acabó el protagonismo para Obdulio, puesto que ya en un bar, celebrando el triunfo con un compañero, vió como un grupo de hinchas entraba en el bar y reconocía a aquel número cinco que había guiado a su equipo hacía la gloria a costa de la alegría del país más grande de Sudamérica. Los aficionados, impresionados por el saber estar de aquel morocho, le invitaron a ahogar las penas en alcohol y el capitán, no vaciló al aceptar la invitación.
Tenía miedo, pero sabía que si mostraba debilidad era hombre muerto. Y así se lo hizo saber a su compañero al que no le supo decir si volvería al hotel o le tirarían al río.
A las seis de la mañana se personó Obdulio en el hotel... se había pasado toda la noche bebiendo y fue a recoger dinero para pagar la deuda de whisky que había dejado en un bar cercano.

Tomó parte también en el Mundial de cuatro años después, ya con treinta y ocho años y como valor de equipo más que como miembro útil, pero dejó también grandes anécdotas que forjaron su leyenda.
Compartía habitación con Santamaría (el que fuera central del Real Madrid) el cual le confesó que tenía problemas con la tensión, lo que le frenaba a la hora de darlo todo en el campo. Nada que el bueno de Obdulio no pudiera solucionar. Se acercó al mueble bar de la habitación y sacó una botella de whisky.
Y así el “Negro Jefe” le “recetó” a su compañero una copa de este licor antes de cada comida para regular su tensión... justo cuando iban a brindar abrió la puerta el médico de la selección y al ver tal panorama... no pudo más que dar la razón al capitán y unirse al brindis.

En el torneo, los campeones hasta el momento tuvieron un duro cruce con Inglaterra, una gran potencia y uno de los favoritos al triunfo final. Este partido pilló al capitán lesionado, pero aún así quiso tomar parte del match. Y una vez más, su entereza y corazón le hicieron entrar en la historia.
Con el partido empatada a uno, un derechazo suyo abrió el camino a la remontada (Uruguay acabó ganando por 4-2) y se convirtió en uno de los grandes primeros “goles del cojo”.
Fue su último gol con la celeste y su último partido. Con Obdulio Varela en el campo, Uruguay jamás perdió un encuentro en un Mundial. Lástima que no se pudiera medir al mejor equipo del momento: Hungría.
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